No hay nada lineal en la experiencia de Karl-Anthony Towns. Por cada florecimiento All-Star, hay una caída desconcertante. Por cada explosión, un revés. Sin embargo, el domingo por la noche, en el tercer partido de las Finales de la Conferencia Este, Towns ofreció el tipo de momento que justifica su adquisición: un último cuarto de 20 puntos que resucitó las esperanzas de los Knicks en la postemporada contra los Indiana Pacers.
Lo bueno, lo malo y lo brillante
Al estilo típico de Towns, los primeros compases del partido fueron frustrantes. Al final del tercer cuarto, su estadística se parecía más a una señal de advertencia que a una contribución: 4 puntos, 4 pérdidas de balón, 4 faltas. Históricamente, no se trata de casos atípicos. Towns ha promediado casi cuatro faltas por partido de playoffs y tuvo un problema bien documentado con las pérdidas de balón en sus primeros años de postemporada.
Sin embargo, tanto los aficionados como los analistas toleran estos fallos en noches como ésta. Porque cuando Towns hace clic -cuando su arsenal ofensivo está totalmente desbloqueado- es una pesadilla de emparejamiento. Y en el último cuarto, cuando Jalen Brunson tuvo problemas de faltas y la rotación de Tom Thibodeau se apoyó en Delon Wright y Deuce McBride para la estabilidad defensiva, Towns tomó el relevo.
El héroe del cuarto cuarto
Con una desventaja de 10 en el marcador, los Knicks parecían un equipo sin respuestas. Entra Towns. Atacó los desajustes, encontró el ritmo desde la media distancia y encestó triples con confianza. Los Pacers no tuvieron respuesta. Su explosión anotadora no sólo borró la desventaja, sino que convirtió el partido en una victoria neoyorquina por seis puntos. Su acierto en los últimos minutos del partido no sólo fue impresionante, sino que salvó la temporada.
Por qué es importante este momento
¿Fue su mejor partido de playoffs? Probablemente no. El Juego 1 de esta serie y el esfuerzo sobresaliente del año pasado contra Nikola Jokić podrían ser más consistentes. Pero no se equivoquen: este fue el momento más importante de su carrera en los playoffs. Con la ofensiva de los Knicks fallando y su temporada tambaleándose, Towns cumplió.
No se trataba de matar a un MVP reinante o de dejar caer números eficientes en una derrota. Se trataba de sobrevivir. Los Knicks están navegando por el territorio del impuesto de lujo, haciendo malabarismos con contratos masivos y lidiando con la presión de una franquicia hambrienta de relevancia. Actuaciones como la del domingo validan la audaz inversión de la oficina y mantienen a flote las aspiraciones de campeonato.
¿Qué viene después?
La montaña rusa que es Karl-Anthony Towns no se estabilizará de repente. Seguirá teniendo trimestres en los que desaparecerá defensivamente o acumulará faltas evitables. Pero para los Knicks, la ecuación riesgo-recompensa quedó clara el domingo: los altibajos merecen la pena. Siguen en la lucha porque Towns apareció cuando más importaba.
¿Podrá encadenar partidos consistentes? ¿Podrán los Knicks recuperar la ventaja de jugar en casa y seguir el ritmo de los Pacers? Queda mucho baloncesto para responder a esas preguntas. Pero por ahora, Towns ha dado a Nueva York lo que necesitaba desesperadamente: esperanza.
Permanezcan atentos. Si los fuegos artificiales del domingo fueron un indicio, lo mejor puede estar aún por llegar.

